Buenos días chic@s!!
Este entrada es un favor que quiero pediros. Aquellos pocos que estén siguiendo este nuevo y aún novato blog, os pido que visitéis la página que pondré a continuación. No hace falta que lo veáis si no queréis, con dejar la página abierta es suficiente y si no queréis escuchar, le quitáis el audio.
Gracias de antemano!! Es un favor que hacéis para un amigo y para mi ;)
http://www.twitch.tv/alexrovi88
sábado, 27 de septiembre de 2014
viernes, 26 de septiembre de 2014
El ladrón de palabras
Esta reseña es diferente, no se trata de una obra literaria, sino de una película, estrenada en 2012.
El ladrón de palabras es como un espejo para mí, ha sido ver la película, conocer a sus personajes e historias y verme reflejado en ellas, sobre todo en el protagonista principal, el joven Rory Jansen (interpretado por Bradley Cooper), cuyo deseo de ser un gran escritor y, con el temor de no realizar su sueño, llega a sus manos un manuscrito que, impresionado y conmovido por sus palabras, decide robarlas y publicarlo como suyo.
Yo, como Rory, quiero ser escritora, dedicar mi vida a ello y muchas veces, leyendo magníficas historias, tales como "La dama de blanco", de Collins o "Rebecca", de Daphne de Maurier, el deseo de arrebatarles las palabras, de viajar en el tiempo, llegar a la época de Charlotte Bronte cuando escribía "Jane Eyre" y apoderarme del manuscrito para luego convertirme en su autora. Nos dejamos llevar por aquellas palabras que, nosotros los escritores, buscamos y no encontramos....
Os dejo un enlace donde se encuentra la sinopsis y el trailer de la película. Sólo para aquellos que deseen escribir y no encuentren las palabras, disfrutaran de esta película.
http://www.deaplaneta.com/es/el-ladron-de-palabras
El ladrón de palabras es como un espejo para mí, ha sido ver la película, conocer a sus personajes e historias y verme reflejado en ellas, sobre todo en el protagonista principal, el joven Rory Jansen (interpretado por Bradley Cooper), cuyo deseo de ser un gran escritor y, con el temor de no realizar su sueño, llega a sus manos un manuscrito que, impresionado y conmovido por sus palabras, decide robarlas y publicarlo como suyo.Yo, como Rory, quiero ser escritora, dedicar mi vida a ello y muchas veces, leyendo magníficas historias, tales como "La dama de blanco", de Collins o "Rebecca", de Daphne de Maurier, el deseo de arrebatarles las palabras, de viajar en el tiempo, llegar a la época de Charlotte Bronte cuando escribía "Jane Eyre" y apoderarme del manuscrito para luego convertirme en su autora. Nos dejamos llevar por aquellas palabras que, nosotros los escritores, buscamos y no encontramos....
Os dejo un enlace donde se encuentra la sinopsis y el trailer de la película. Sólo para aquellos que deseen escribir y no encuentren las palabras, disfrutaran de esta película.
http://www.deaplaneta.com/es/el-ladron-de-palabras
¿Se puede creer a un testigo?
¿Se puede creer a un testigo?
El testimonio y las trampas de la memoria de Giuliana Mazzoni.
Empezamos el día de hoy presentando a Giuliana Mazzoni, profesora en el Departamento de Psicología de la University Hull (Inglaterra). Centra sus trabajos en los problemas relacionados con la memora y las distorsiones de la memoria, en las consecuencias cognitivas y conductuales de la sugestión y en la investigación de experiencia traumáticas en la infancia.
El testimonio y las trampas de la memoria se centra en la investigación del funcionamiento de la memoria para comprender los problemas de la vida cotidiana. sin embargo, el estudio de la relación entre memoria y el testimonio y del por qué nunca coincide con los datos fácticos a los que dice referirse, adquiere importancia no sólo en hechos intrascendentes sino también en acontecimientos traumáticos. En casos criminales, siempre se tiene prioridad a la memoria del testigo, pero, ¿se puede creer a un testigo? ¿Podemos fiarnos de nuestra memoria?
Aquí encontraréis mucha información sobre nuestra memoria, de su utilidad y la poca información que tenemos sobre ella. No dudéis y leedlo, merece la pena.
martes, 23 de septiembre de 2014
Cien años de soledad
Cien años de soledad.
Gabriel García Márquez.
Publicada en 1967, Cien años de soledad, relata el origen y evolución de Macondo, una aldea imaginaria estructurada como una saga familiar, la historia de seis generaciones de los Buendía, extendiéndose por más de cien años.
Los Buendía, una familia que acumula una gran cantidad de episodios fantásticos, divertidos y violentos representan el ciclo completo de una cultura y un mundo, el de Macondo.
Para quienes disfrutan a más no poder del realismo mágico, o también llamado lo real maravilloso, esta novela es ideal para el deleite de sus lectores.
Gabriel Garcia Márquez murió el 17 de abril de este año, motivo por el cual he empezado las reseñas de obras literarias por él. También ha sido un referente en mi vida, ya que Cien años de soledad fue la primera novela que leí.
Si queréis saber más de esta novela, no dudéis en sumergiros en la historia de la peculiar y excéntrica familia que son los Buendía y su aldea, Macondo.
Gabriel García Márquez.
Publicada en 1967, Cien años de soledad, relata el origen y evolución de Macondo, una aldea imaginaria estructurada como una saga familiar, la historia de seis generaciones de los Buendía, extendiéndose por más de cien años.Los Buendía, una familia que acumula una gran cantidad de episodios fantásticos, divertidos y violentos representan el ciclo completo de una cultura y un mundo, el de Macondo.
Para quienes disfrutan a más no poder del realismo mágico, o también llamado lo real maravilloso, esta novela es ideal para el deleite de sus lectores.
Gabriel Garcia Márquez murió el 17 de abril de este año, motivo por el cual he empezado las reseñas de obras literarias por él. También ha sido un referente en mi vida, ya que Cien años de soledad fue la primera novela que leí.
Si queréis saber más de esta novela, no dudéis en sumergiros en la historia de la peculiar y excéntrica familia que son los Buendía y su aldea, Macondo.
Tres historias
Sara
Sara era la
persona más feliz del mundo. Así se sentía. Había contraído matrimonio después
de una larga temporada de dolor y duelo. Su madre había fallecido. Y, aunque se
apenaba por que ella no estaba para compartir ese momento especial junto a
ella, sentía su felicidad donde quiera que estuviese. Su marido, Luís, estaba
ensimismado, al igual que Sara. Ambos se conocían desde el instituto y desde
entonces han estado juntos. En los buenos y malos momentos. Dos locos
enamorados con un proyecto de futuros juntos. Meses más tarde a ese enlace
matrimonial, por fin se mudan a esa maravillosa casa que tanto esfuerzo les ha
costado. Una casa destartalada reconstruida de arriba abajo, como quiso Sara,
ya que, según ella, nada mejor que comenzar una vida nueva sobre los cimientos
de otra.
Un año más tarde, ambos deciden que ya es la hora para la llegada al mundo de niños. Preciosos niños, alegres y traviesos que correteen por todos los rincones de la casa. Ambos, ilusionados, comienzan a hacer todos los preparativos ya que un retoño venía en camino. Pero durante el parto, hay problemas. El bebé murió al nacer. Sara se encontraba muy dolida, tanto física como psicológicamente. Todo había ido bien durante los nueve meses del embarazo y no sabía que podía haber pasado. Estaban consternados. Pero gracias a Luís, ambos salieron de aquel bache en el camino y siguieron adelante. No se dieron por vencidos en cuanto a la idea de aumentar la familia. Así, meses más tarde, Sara volvió a quedarse embarazada. Esta vez no quería que nada malo pasase, así que, junto con su médico, precavidos estaban ante cualquier suceso.
Sara había ido muchas veces al médico. No por el bebé, sino por ella. Se encontraba muy cansada, agotada. Temía que esto pudiera ser algo malo para el bebé, que crecía dentro de ella. Pero sólo eran los típicos malestares de una mujer embarazada. Pasado los nueves meses, Sara dio a luz a una preciosa niña, la cual llamó Carmen, como su madre. Ambos no cabían en sí de lo contentos que estaban. Por fin su bebé había nacido.
Toda su vida transcurría sin problemas. Había pasado dos años desde que Carmen nació que decidieron tener otro hijo. Un segundo hijo, en memoria de aquel primero, fallecido al nacer, cuyo recuerdo jamás salió de la memoria de Sara. Volvió a la consulta y volvió a los mismos cuidados y prevenciones de antes, porque, aunque Carmen había nacido sana y salva, el perder a un bebé es por algo de lo que jamás una madre debería pasar. Su médico le hace pruebas para asegurarse de que todo ande bien, cuando algo malo encuentra. Sara tiene un problema sanguíneo, pero no le impide que tenga y nazca ese segundo hijo, aunque muy flacucho y débil. Sin embargo, Sara recae y es ingresada en el hospital. Allí, tras muchos exámenes médicos, una enfermedad degenerativa es el causante de tantos males.
Un año más tarde, ambos deciden que ya es la hora para la llegada al mundo de niños. Preciosos niños, alegres y traviesos que correteen por todos los rincones de la casa. Ambos, ilusionados, comienzan a hacer todos los preparativos ya que un retoño venía en camino. Pero durante el parto, hay problemas. El bebé murió al nacer. Sara se encontraba muy dolida, tanto física como psicológicamente. Todo había ido bien durante los nueve meses del embarazo y no sabía que podía haber pasado. Estaban consternados. Pero gracias a Luís, ambos salieron de aquel bache en el camino y siguieron adelante. No se dieron por vencidos en cuanto a la idea de aumentar la familia. Así, meses más tarde, Sara volvió a quedarse embarazada. Esta vez no quería que nada malo pasase, así que, junto con su médico, precavidos estaban ante cualquier suceso.
Sara había ido muchas veces al médico. No por el bebé, sino por ella. Se encontraba muy cansada, agotada. Temía que esto pudiera ser algo malo para el bebé, que crecía dentro de ella. Pero sólo eran los típicos malestares de una mujer embarazada. Pasado los nueves meses, Sara dio a luz a una preciosa niña, la cual llamó Carmen, como su madre. Ambos no cabían en sí de lo contentos que estaban. Por fin su bebé había nacido.
Toda su vida transcurría sin problemas. Había pasado dos años desde que Carmen nació que decidieron tener otro hijo. Un segundo hijo, en memoria de aquel primero, fallecido al nacer, cuyo recuerdo jamás salió de la memoria de Sara. Volvió a la consulta y volvió a los mismos cuidados y prevenciones de antes, porque, aunque Carmen había nacido sana y salva, el perder a un bebé es por algo de lo que jamás una madre debería pasar. Su médico le hace pruebas para asegurarse de que todo ande bien, cuando algo malo encuentra. Sara tiene un problema sanguíneo, pero no le impide que tenga y nazca ese segundo hijo, aunque muy flacucho y débil. Sin embargo, Sara recae y es ingresada en el hospital. Allí, tras muchos exámenes médicos, una enfermedad degenerativa es el causante de tantos males.
Parkinson,
una enfermedad degenerativa y sin cura. Ni se sabe qué la causa y ni un
tratamiento para ello. Eso la destroza. Se adentra en un túnel oscuro, del que
no ve salida, a pesar de los continuos mimos y cuidados de su marido. No. Eso
no le anima. Estar sin poder escribir, sin poder cortar o usar unas tijeras,
sin poder cocinar nada, sin poder leer…y peor aún, no poder peinar o coger a
sus preciosos hijos. Ya nada era como antes. Y eso la entristecía.
Pero un día
se levantó y se dijo a sí misma “voy a luchar”.
Antonio
Entrenaba
muy intensa y diariamente para ser el mejor jugador de baloncesto. Me cuidaba
mucho. Y pronto pude ver cómo todos mis esfuerzos darían sus frutos: un posible
partido para darse a conocer. Aquello era lo que más ansiaba. Y no podía ahora
aflojar, ya que cada minuto, cada segundo, mejor dicho, era un paso más hacia
mi felicidad. Y sí, finalmente aquél ansioso día llegó. Todo salió tal y como
esperaba. La felicidad que albergaba en ese momento no puedo describirlo. Había
sido elegido por, nada más y nada menos, que todos los entrenadores que había
en la larga mesa. Toda mi familia estalló de júbilo. << Enhorabuena,
Antonio>>, <<bien hecho, campeón>>, decían todos. Una gran
sonrisa que no desaparecería jamás de mi vida. Y así, durante meses, fue mi
vida. Una alegría inmensa por cada partido, por cada victoria e incluso por
cada derrota. Nada había en el mundo que me quitase esa alegría, ese amor por
la vida, ese brillo en mis ojos por cada día que pasaba junto a mis compañeros,
a mi cancha de baloncesto. Una mañana empecé a sentir un malestar que al
principio no supe definir qué se trataba: tenía dificultad para tragar e
incluso babeaba. No le di mucha importancia. Pero días más tarde, aquello se
complicó. Se unieron unos dolores musculares y problemas con el equilibro. Se
lo conté a mi entrenador, el cual también había notado esos cambios, y llamó a
un especialista.
Tras muchos exámenes médicos, me diagnosticó Parkinson. Aunque conocía la enfermedad, no sabía qué daño producía y qué la causaba, ni si había un tratamiento. Mi médico me dio un número de teléfono de un amigo suyo especializado con la enfermedad de Parkinson. Tal y como me dijo, le visité y me informó de todo. Aquellas palabras inundaron mi vida. Toda mi alegría y pasión por la vida se había volatizado como arte de magia. Aquel era mi final como jugador de baloncesto. Y, a pesar de ser muy joven –contaba con 28 años-, indudablemente los síntomas que presentaba eran de esa enfermedad. Al principio intenté abrazarme a esa idea: un error médico. Puede ocurrir. Muchos diagnostican enfermedades por error. Fui a muchos especialistas, me hicieron innumerables pruebas y todos dijeron lo mismo: Parkinson.
Odié esa palabra. Mi ánimo cambió. Ocurriera lo que ocurriera a mí alrededor, todo me molestaba y me irritaba. No podía asumirlo. No quería. Por mucho ánimo que me dieran, todo había cambiado. Mi manera de caminar, de correr, de leer, de ver, de oír, de respirar, de sentir, incluso de subir o bajar una cuesta…. Todo lo que antes podía hacer, o ya nada podía hacerlo o todo había cambiado sustancialmente. Y fue duro verlo sin poder hacer nada.
Me apenaba mucho mis padres. Ellos intentaban animarme y yo les respondían de mala manera. Aquellos movimientos bruscos que surgían sin ton ni son me irritaba sobremanera. La depresión entró en mi vida tan rápido como la bala disparando de su proyectil. Luego llegaron las alucinaciones, la pérdida de memoria… Mi vida se había convertido en un infierno. No cuento esto por lástima o para que sintáis compasión, sino porque me ayuda. Me alivia el saber que puedo tener algo de control en mi cabeza, en mi vida.
Tras muchos exámenes médicos, me diagnosticó Parkinson. Aunque conocía la enfermedad, no sabía qué daño producía y qué la causaba, ni si había un tratamiento. Mi médico me dio un número de teléfono de un amigo suyo especializado con la enfermedad de Parkinson. Tal y como me dijo, le visité y me informó de todo. Aquellas palabras inundaron mi vida. Toda mi alegría y pasión por la vida se había volatizado como arte de magia. Aquel era mi final como jugador de baloncesto. Y, a pesar de ser muy joven –contaba con 28 años-, indudablemente los síntomas que presentaba eran de esa enfermedad. Al principio intenté abrazarme a esa idea: un error médico. Puede ocurrir. Muchos diagnostican enfermedades por error. Fui a muchos especialistas, me hicieron innumerables pruebas y todos dijeron lo mismo: Parkinson.
Odié esa palabra. Mi ánimo cambió. Ocurriera lo que ocurriera a mí alrededor, todo me molestaba y me irritaba. No podía asumirlo. No quería. Por mucho ánimo que me dieran, todo había cambiado. Mi manera de caminar, de correr, de leer, de ver, de oír, de respirar, de sentir, incluso de subir o bajar una cuesta…. Todo lo que antes podía hacer, o ya nada podía hacerlo o todo había cambiado sustancialmente. Y fue duro verlo sin poder hacer nada.
Me apenaba mucho mis padres. Ellos intentaban animarme y yo les respondían de mala manera. Aquellos movimientos bruscos que surgían sin ton ni son me irritaba sobremanera. La depresión entró en mi vida tan rápido como la bala disparando de su proyectil. Luego llegaron las alucinaciones, la pérdida de memoria… Mi vida se había convertido en un infierno. No cuento esto por lástima o para que sintáis compasión, sino porque me ayuda. Me alivia el saber que puedo tener algo de control en mi cabeza, en mi vida.
Teresa, Ana y Jaime.
Gritos. Teresa se encontraba cortando un filete para la comida cuando volvió
a escuchar a su hijo gritar en su habitación. No hace más de diez minutos que
había corrido hacia su encuentro cuando otra vez lo estaba haciendo. Hacía tres
años que diagnosticaron a su hijo Fabián Parkinson. Hacía tres años que
comenzó su lucha y desesperación en ayudar a su hijo, el cual se hundía
lentamente en un abismo del cual ella no podía o no sabía cómo sacarle. Luego
estaba Ana, su hermana pequeña. Teresa no lo sabía o no quería saberlo, pero
Ana lloraba desconsoladamente cuando su hermano rompía a gritar por las
alucinaciones, o por el malestar que padecía al andar, al tragar o cualquier
otra cosa que hiciera. Se sentía impotente ante la idea de no poder estar ahí, ayudándolo en todo lo que necesitase. Aunque su hermano no era el mismo, ella
lo seguía queriendo con el alma.
Teresa, que nunca se había imaginado que tal cosa le sucediera, no podía aguantar la presión y la tensión que atenazaba el hogar de la familia. Fabián tenga treinta y siete años. No sólo Fabián sufría.
Llega la noche y aparece Jaime, su padre, en casa. Jaime es abogado. Cuando comenzaron a aparecer los síntomas él no estaba en casa. Infortunios de la vida quiso que Jaime, en los momentos más importantes para todos, no estuviera para ayudar, consolar o simplemente estar ahí. El pobre Jaime había sufrido la muerte de su padre, y meses más tarde, la de su madre, para que ahora tuviera que ver cómo su hijo se consumía. Aquello no lo podía soportar. Teresa le había informado sobre todo lo que había acontecido en el día. Su hijo, había sufrido terribles alucinaciones y se irritaba considerablemente por cualquier cosa que pasase en la casa, aunque él no estuviera presente. Toda la familia, aunque estuvieran unidas, nunca habían estado tan separados como lo estaban ahora. Por muchos años que hubiera pasado desde que le diagnosticaron la enfermedad, jamás podían acostumbrarse a la enfermedad, esa vil inquilina que se había apoderado de su hijo y de su familia. De sus maravillosas vidas. Ana, siempre que podía, se acercaba sigilosamente a la habitación de su hermano, esperando a que éste le recibiera de buenas maneras y no con el temor de esperar a que su hermano se enfadase. Pero no siempre todo eran penas y melancolía. Había días en los que Fabián salía de su habitación con la intención de luchar y seguir adelante con la enfermedad. No dejaba que aquello pudiera con él, aunque muchas veces lo conseguía. No. Él, aunque se acostara triste, melancólico, siempre se levantaba alegre o por lo menos con la intención de hacerlo.
Al igual que Fabián, su madre, su padre y su hermana pequeña, lo último que esperaban era la esperanza.
Teresa, que nunca se había imaginado que tal cosa le sucediera, no podía aguantar la presión y la tensión que atenazaba el hogar de la familia. Fabián tenga treinta y siete años. No sólo Fabián sufría.
Llega la noche y aparece Jaime, su padre, en casa. Jaime es abogado. Cuando comenzaron a aparecer los síntomas él no estaba en casa. Infortunios de la vida quiso que Jaime, en los momentos más importantes para todos, no estuviera para ayudar, consolar o simplemente estar ahí. El pobre Jaime había sufrido la muerte de su padre, y meses más tarde, la de su madre, para que ahora tuviera que ver cómo su hijo se consumía. Aquello no lo podía soportar. Teresa le había informado sobre todo lo que había acontecido en el día. Su hijo, había sufrido terribles alucinaciones y se irritaba considerablemente por cualquier cosa que pasase en la casa, aunque él no estuviera presente. Toda la familia, aunque estuvieran unidas, nunca habían estado tan separados como lo estaban ahora. Por muchos años que hubiera pasado desde que le diagnosticaron la enfermedad, jamás podían acostumbrarse a la enfermedad, esa vil inquilina que se había apoderado de su hijo y de su familia. De sus maravillosas vidas. Ana, siempre que podía, se acercaba sigilosamente a la habitación de su hermano, esperando a que éste le recibiera de buenas maneras y no con el temor de esperar a que su hermano se enfadase. Pero no siempre todo eran penas y melancolía. Había días en los que Fabián salía de su habitación con la intención de luchar y seguir adelante con la enfermedad. No dejaba que aquello pudiera con él, aunque muchas veces lo conseguía. No. Él, aunque se acostara triste, melancólico, siempre se levantaba alegre o por lo menos con la intención de hacerlo.
Al igual que Fabián, su madre, su padre y su hermana pequeña, lo último que esperaban era la esperanza.
Bienvenid@s!!!
Buenas a todos!
Quiero dar la bienvenida a todos aquellos que visiten mi blog y espero que disfruten de las numerosas entradas que periódicamente publicaré y donde habrá de todo, tanto reseñas y críticas de obras literarias (conocidas y desconocidas) como relatos o novelas escritas por mi puño y letra.
Gracias de antemano por vuestras visitas y por vuestros futuros comentarios y, como he dicho anteriormente, bienvenidos :)
Rebecca Maurier.
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